Los comienzos del siglo pasado fueron una época de experimentación en la aviación. El primer vuelo exitoso de los hermanos Wright en 1903 desató toda una revolución que llevo a toda una generación de aventureros a fabricar distintos tipos de aviones, algunos lo suficientemente robustos como para ser usados en la guerra y otros… no tanto.

Uno de los aviones de este último grupo fue el “Christmas Bullet”, un adefesio de la ingeniería, tan mal diseñado que mató a todas las personas que tuvieron la mala suerte de subirse a él. Por algo este biplano es considerado la peor aeronave que alguna vez haya existido.

El avión fue una creación del Dr. William W. Christmas, un estafador estadounidense que aprovechó la confusión de las primeras décadas del siglo XX para engañar a un senador de Nueva York, al ejército norteamericano y a una empresa aeroespacial haciéndoles creer que había diseñado y vendido aviones a los ejércitos aliados durante la Primera Guerra Mundial.

La “bala” asesina

Aunque tal afirmación no era cierta, Christmas se las arregló para conseguir un préstamo y financiar el prototipo del avión de “super-persecución” Bullet (bala en inglés). De acuerdo al estafador, la mayor innovación de su avión era su ala flexiblediferente a la de cualquier avión que hubiera existido hasta esa fecha.

Christmas creía que los travesaños no eran necesarios, y que la falta de estructura permitiría que las alas del avión se agitaran como las alas de un pájaro. También insistía en que las alas estuvieran hechas de dos secciones con sus partes de acero soldadas entre sí. A pesar de que todas las leyes de la aviación conocidas indicaban que la falta de soporte interno provocaría que las alas se rompieran y cayeran, Christmas insistió en que el ala flexible en realidad aumentaría la seguridad de la aeronave.

Este riesgo fue advertido por Vincent J. Burnelli, el diseñador del avión que fue forzado a trabajar en el proyecto por parte de una compañía socia de Christmas. Sin embargo, el emprendedor hizo caso omiso y cubrió las alas con una tela arpillera que se estiraba donde debía encogerse, además le dio numerosas capas de acetato. Las alas eran tan pesadas que tuvieron que ser colocadas con una grúa, y que la cola era demasiado pequeña para un avión tan pesado. Horrorizado de que tal Frankestein pudiera ser probado con un humano, Burnelli renunció.

Como era de esperarse, la primera prueba fue una tragedia. Entre 1918 y 1919, un piloto de pruebas llamado Cuthbert Mills se subió al biplano, despegó y estando a varios metros de altura vio como las alas se rompían y se precipitaba a toda velocidad a tierra. Decenas de personas fueron testigos de la muerte de Mills, entre ellas su madre.

Sin ningún remordimiento, Christmas ocultó el incidente y dijo, con la ayuda de un periodista inescrupuloso, que el vuelo de prueba había sido un éxito rotundo. Luego, logró convencer a nuevos inversores y volvió a probar el Bullet sin hacerle ninguna mejora. El siguiente piloto de prueba era un teniente llamado Allington Jolly, un veterano de guerra condecorado que sirvió con distinción en la Fuerza Aérea Francesa. Poco después de despegar, Jolly perdió el control del avión, que cayó en picado en un granero, matándolo instantáneamente.

“Conspiración”

En ese momento Christmas abandonó las pruebas o fabricación Bullet, pero siguió insistiendo en venderle el diseño al ejército, alegando que había superado drásticamente a los aviones de combate británicos y franceses. Cuando se le pidió pruebas, el estafador jugó la carta de la conspiración, afirmando que se las habían robado y destruido.

El aparatoso avión de 6 metros de largo nunca más volvió a levantar vuelo, pero terminó siendo un recordatorio de lo poderoso y asesino que puede ser el discurso de un charlatán.

Victor Román
Esta noticia ha sido publicada originalmente en N+1, ciencia que suma

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